18 jul. 2011

Aquella mujer pasajera

Camino de vuelta al hogar, después de un arduo día de labores universitarias. Abordo aquel camión, y me adentro en la fría Moscú, vagando pegado a los hombros de los hermanos Karamazov, refunfuñando por lo testarudos que pueden ser, hilado y perdido en los misterios que Dostoievsky lentamente, tortuosamente y a su gusto desenreda para mí.
Jamás he podido leer a gusto de regreso a casa, siempre termino dormido en el camión (A diferencia de las mañanas, cuando sin problema alguno leo todo el camino; y que a veces - confieso - temo a pasar mi destino.) Entre baches, gente que sube y baja y uno que otro ronquido mío, hemos cruzado la ciudad, hasta llegar muy cerca de mi destino. Emprendo la ligera - y no sé porque hoy decidí realizarla más lenta - caminata a casa, viendo la vida pasar, con ese aroma a pollo estilo sinaloense del "Pollito Norteño", seguido del profundo, penetrante (pero poco apetecible por su ubicación) olor de las tortas y tacos de pastor "El Güero" que se encuentran tan solo cruzando la acera. Sigue el martirio alimentario, al pasar frente a un McDonald's, que a pesar de no ser de mi agrado el lugar, tiene un aroma atractivo acompañado de esas hermosas fotos de hamburguesas que miden el triple que mi rostro. Cesa un segundo la tortura del hambriento, en ese tramo sin restaurantes donde por alguna misteriosa razón 3 vehículos están arriba del camellón, tratando de pasar del carril de alta velocidad de la avenida al de baja, alentando y entorpeciendo la vialidad, con sus actos sin sentido, hasta que de nuevo aparece la tortura de la comida con ese casi imperceptible restaurante de comida china, que aunque no huele toda la calle, simplemente pasar por ahí, reaviva el hambre. Realmente esta vez, no fue tanta la tortura, pues en la escuela decidí tener un tentempié de pollo enchilado.

Pensando seriamente si fumar un cigarrillo o posponerlo para el día de mañana, seguí caminando en línea recta hasta entrar otra calle recta, cercana a mi destino. A lo lejos logro divisar una silueta, un inconfundible caminar y para mi sorpresa,

¡Carajo!

¡Hueles exactamente igual que hace seis años!

La única diferencia; creo; es que ya no llevas ese aburrido uniforme de colegiala que dejaba tanto a la imaginación y que usas gafas.

Vi en tu mirada ese destello, como buscando o un saludo de mi parte o con ganas de tú saludarme, pero decidí seguir mi camino, recordando lo pasajera que fuiste en mi vida y probablemente en la de muchos jóvenes más, que seguramente si te vieran, harían algo similar. Me trajiste una sonrisa al rostro, he de admitirlo, es impresionante como puedo recordar el aroma de una mujer (una mujer pasajera he de aclarar). Porque no es lo mismo recordar el olor de una amante con la que se viven miles de noches y días de placeres, o ese dulce aroma de las flores, la tierra cuando empieza a mojarse en al desatarse una tormenta, o simplemente el de un buen platillo a comer.
Una mujer pasajera, que pasó a toda prisa hace tiempo, que no tuvo la intensión de quedarse y poca en efecto de volver. Pero que realmente no importaba, porque uno iba de paso también, lo que sucediera o no en esos tiempos, daba igual, no se está preocupado por quien no recibe tu afecto, no se preocupa uno por alguien que no se preocupa por uno.
Lentamente te alejabas en ese encuentro prácticamente instantáneo, dejando en mi camino, aquella estela de perfume (que nunca fue de mi agrado, detallo) y un recuerdo más, que por insignificancia se ha perdido en el olvido, y que ahora aparece, para ser plasmado aquí, en este instante, con la duda y el misterio, que si alguna vez este pequeño relato es por mi releído, recuerde el aroma que tenías hace seis años, que tenías hoy por la calle, y que supongo tendrás cuando eso pase de nuevo.

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